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Testimonios

Volver a la casa de la infancia

A la familia Villada, en Granada, le devolvieron el predio que les obligó a abandonar la violencia. Un testimonio de lo que le ha significado la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras a la gente.

Por Sergio Camacho Iannini

Melba Villada decidió vestirse elegante: vestido blanco, un pequeño cinturón, collar y tacones negros altos. Está sentada en una silla en la plaza de Granada, municipio situado a 80 kilómetros al sur de Villavicencio, en el Meta. Con la mano derecha y el dedo índice estirado, señala un Hotel llamado El Llano. “Cuando niña, allí timbraba y salía corriendo a esconderme en la Alcaldía. Era una muy buena vida y había una paz muy linda. Nuestra vivienda era humilde, pero vivíamos muy tranquilos en ese tiempo”, cuenta.

Hace cinco años que no pisaba esta tierra, el miedo y los recuerdos no la dejaban. Pero este era un día feliz. Melba y sus cuatro hermanos recibieron el título de una casa que la violencia les quitó. Ese 18 de abril del año 2015, decidió volver a su casa y recordar su infancia, algo que evitaba hacer para no sufrir.

La buena vida que recuerda Melba se esfumó a finales de la década del noventa, cuando comenzaron a llegar a su casa panfletos amenazantes. Alicia León, su mamá, tenía dos negocios para mantener a sus hijos: una heladería y arrendaba cuartos de su casa. Para su desgracia, la guerrilla la acusaba de darle posada a los paramilitares y los paramilitares de alojar a la guerrilla.

En el pueblo comenzó a asechar la violencia. Rosalba Villada, hermana de Melba, recuerda que en la esquina de su casa mataron a un hombre. “Le dispararon. Pero era tal el miedo que nadie dijo ni hizo nada”. Recuerda, además, que en la plaza principal pasaba una moto manejada por un hombre y un pasajero que les iba disparando a las personas. La vida en Granada se había convertido en puro terror; no podían salir ni de sus casas y, si lo hacían, doña Alicia mandaba a sus hijas con los hermanos varones, pues le daba miedo que la guerrilla se las llevara o las matara.

En medio de las acusaciones de colaboradora de unos y otros y bajo las constantes amenazas de muerte dirigidas hacia Alicia y sus hijos, no tuvo más opción que agarrar las maletas y abandonar su casa, su sustento y su pueblo, no sin antes denunciar su caso antes las autoridades. Trasegaron durante años hasta que en el año 2004, en medio del desplazamiento y a causa de un cáncer de estómago seguramente producto de semejante desazón, Alicia falleció. Para honrar su memoria de su madre y recuperar lo que les pertenecía, Henry Ospina, uno de los hermanos, decidió regresar a la casa.

Pero dos malas noticias le esperaban a la familia: a causa de las deudas acumuladas, debido a unos préstamos que tenía Alicia, el predio iba a ser rematado. Pero lo peor aún estaba por llegar. El 21 de noviembre de 2007 unos hombres se llevaron por la fuerza a Henry y lo metieron en un taxi. De nada sirvieron sus gritos de auxilio, pues en esa época la gente vivía tan atemorizada, que nadie se atrevía a pronunciar palabra. Al siguiente día, su cadáver apareció tirado en una carretera a las afueras de Granada.
Henry era el hermano fuerte de la familia y cuidaba mucho a sus hermanas, por eso a Melba le duele recordarlo y se le entrecorta la voz cuando habla de él. “En el patio de la casa nos ponía sacos de harina para que aprendiéramos a luchar. ‘¡Dénle duro!’, nos decía”, recuerda Melba.

Ella aprendió a ser fuerte, a no dejarse de los demás y mucho menos de las adversidades de la vida. Así que decidió seguir con la lucha que comenzó Henry y cuando vio un comercial en televisión que decía que las personas que habían tenido que dejar sus predios a causa de la violencia podrían recuperarlas, vio que la hora había llegado. Fue así como lograron que un juez analizara su caso y, citando la nueva Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, determinó que Melba y sus hermanos tenían derecho a que les devolvieran el predio.

Linderos de palabra

Aunque puede ser paradójico que exista una ley que permita que a las personas les devuelvan lo que fue suyo y que un grupo al margen de la ley les quitó, lo cierto es que en Colombia son más de 23 mil las víctimas del conflicto armado interno que fueron despojadas violentamente de sus propiedades y que, solo hasta ahora, están pudiendo exigirlas de vuelta porque, por primera vez se les reconoce. Todo esto mientras muchas zonas del país aún viven el conflicto.

En el caso de Melba y su familia, como la restitución era un área urbana, la entrega del predio fue un poco más sencilla, porque los terrenos ya estaban delimitados y el inmueble, mal que bien, seguía en pie. Pero cuando se trata de restitución en áreas rurales, el proceso tiene una barrera histórica: la informalidad del título de la tierra en Colombia. Se estima que uno de cada tres predios rurales, es informal. Por décadas los campesinos han creído en la palabra del otro creando linderos imaginarios que hoy son difíciles de trazar. Sin embargo, un entramado de instituciones como los ministerios de Agricultura, Justicia, Defensa y el DPS, junto a entidades como la Unidad de Restitución de Tierras, el Incoder, el Banco Agrario, la Superintendencia de Notariado y Registro, la Dirección Nacional de Estupefacientes y la Unidad para la Atención y la Reparación Integral de las Víctimas, hoy unen esfuerzos para lograr devolverles a las víctimas lo que ha sido de ellas.

Es así como, hasta este primer semestre de 2016, 201 mil hectáreas de tierra han sido restituidas y se han destinado 60 mil millones de pesos a proyectos productivos para que estos terrenos vuelvan a tener vida después del abandono.

El optimismo

El día que Melba recibió el título, caminó tres cuadras desde la plaza principal hasta la casa en la que pasó su infancia. Lo hizo de la mano de su hermana Rosalba, quien no dejaba de repetir una frase de Ana Frank que copió en un cuaderno: Lo que está hecho no se puede deshacer, pero uno puede prevenir que vuelva a suceder. “Yo creo que representa lo que nos está pasando hoy”, dice Rosalba.

La casa está abandonada. Se robaron las puertas y los techos, y alguien trató de demoler las paredes. En una de ellas hay un letrero pintado con un número de celular que dice “se vende”, cuando nunca ha estado en venta. Y en la otra, todavía quedan rastros del negocio de Alicia: “Tinto, perico, avena, kumis, leche, gaseosa, cerveza, malta”. Lo único que está intacto son los árboles que plantaron hace más de dos décadas.

Melba y Rosalba palpan las paredes de la casa, caminan entre la maleza que ha crecido y no resisten las lágrimas, aunque se apresuran a decir que son lágrimas de alegría, no de tristeza.

“Tener las raíces acá y no poder disfrutarlas era muy duro. Me quedo atónita. Esto es como un sueño, pero caigo en cuenta de que es una realidad: nos están dando la oportunidad de tener nuestra propiedad y la tierra donde crecimos”, dice Melba conmovida.
Luego de caminar en tacones por largas horas y bajo un calor húmedo e insoportable de 30 grados, Melba llegó al lugar en donde la esperaban sus otros hermanos y sus sobrinos. Lo primero que hizo fue quitarse los tacones y ponerse unas sandalias crocs. Al poco tiempo de ese día que le quedaría en la memoria, el presidente Santos le entregó en sus manos el título de su propiedad. Una de las hermanas no entendía lo que pasaba y preguntaba: “¿Qué quiere decir eso?”, y todos le respondían que los papeles que les acaban de dar decían que volvían a ser los dueños de la casa de su mamá, la casa que la violencia les quitó, que le costó la vida a su hermano y que creyeron perdida.

Melba no cabe de la emoción, repite varias veces: “Gracias, Dios mío”. No lo cree, pero mira las escrituras y se da cuenta de que no es un sueño. Se mira los pies, se ríe y suelta unas palabras. “De la emoción al oír mi nombre se me olvidó ponerme de nuevo los zapatos, pasé así saludar al Presidente ¡Qué pena con él!”.